La prensa escrita siguió los acontecimientos a diario en ambas tomas, Juan Francisco Fresno y Raúl Silva Henríquez, convertidas en campamentos llenos de carpas improvisadas con palos, frazadas, plásticos y la tiza que demarcaba el espacio por familia.
Sus habitantes siguieron sufriendo la violencia policial y un frente de mal tiempo convirtió ambos terrenos en un barrizal invivible. Las autoridades de la época rechazaban las tomas y pedían todo el peso de la ley y el poder de la fuerza pública sobre los ocupantes, que se las arreglaban para resistir sin tener, muchas veces, qué comer.
A pesar de los heridos, la cárcel y el hambre, las tomas se fortalecieron y sus lideresas creaban, desde la escasez, formas para proteger lo poco que tenían e impedir la entrada de nuevos allegados que generaban más represión, hacinamiento y peores condiciones de vida.
Resistieron la presión política que, por la prensa, desvirtuaba su objetivo asegurando que estaban ahí para desestabilizar la dictadura de Pinochet. Sin embargo, el nivel de pobreza y los graves problemas de salubridad eran inaceptables para la sociedad, lo que provocó un giro en la opinión pública y obligó a las autoridades, organizaciones e Iglesia a cambiar la estrategia.
Los ministerios de Vivienda e Interior ofrecieron terrenos en regiones para erradicar familias. Estas erradicaciones se llevaron a cabo; no obstante, la prensa publicaba: «Conflictos y desilusiones han manifestado estas personas, que aseguran haber sido «engañadas» o «mal informadas», y que «el 60 % de las familias quieren retornar a Santiago»».
Mientras, en las tomas, se construían tres módulos sanitarios con 10 duchas y 10 lavaderos cada uno, y luego tres o cuatro pilones en las calles principales. A esto se sumaban una posta, una escuela y la creación de diversos servicios: siempre fueron los mismos pobladores quienes lograron satisfacer sus propias necesidades.









