Bajo la lluvia y el frío gris de invierno, el 19 de junio de 1970 llegaron las primeras familias en camiones. Las casas eran apenas cascarones de madera, sin agua ni ventanas, pero en esos muros desnudos los pobladores vieron la promesa de un hogar.

El camino no fue fácil. Sin embargo, gracias al comité Ramón Carballo, con el empuje de dirigentes como María Donoso, las familias se organizaron para defender lo poco que tenían. Haciendo fogatas y turnos nocturnos evitaron que terceros tomaran sus terrenos. Cavaron pozos, improvisaron baños y donde antes hubo un hoyo en la tierra, levantaron la primera cancha de fútbol: ahí los niños jugaban mientras los adultos hacían “la once” bajo los árboles.

Hay recuerdos que aún emocionan. Por ejemplo, una vecina cuenta que su madre se negaba a subir al camión porque temía que la llevaran a potreros lejanos. Fue un chofer quien, en brazos, la subió para que partiera con todos. Esa mezcla de miedo y esperanza marcó la llegada.

Luego, el país atravesaría duros momentos: la dictadura desde el año 1973, la crisis económica en el año 1982. Pero la población resistió con la fuerza de sus dirigentes y la unidad vecinal. Con la vuelta de la democracia en la década de los 90`s, llegaron mejoras, títulos de propiedad y la consolidación del barrio. Un gesto especial quedó grabado: los pasajes recibieron nombres de pueblos originarios —mapuches, aymaras, diaguitas—, honrando la memoria ancestral de la tierra.

Hoy, más de 50 años después, la Población Eduardo Frei Montalva es orgullo y pertenencia. Cada familia alcanzó lo que parecía imposible: la casa propia. En sus rincones resuena la voz de sus pioneros: “Voy a seguir luchando por esta población hasta que Dios me dé vida”.

Este barrio no es solo un lugar: es memoria, resistencia y esperanza hecha hogar.

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