En los márgenes del sur de Santiago, donde la ciudad terminaba en potreros y polvo, un grupo de familias decidió que la dignidad no podía esperar. Era fines de los años sesenta, cuando la vivienda se conquistaba con organización y valentía. Así nació la Villa Santa Elena: una toma convertida en comunidad, y luego, en hogar.
Entre las alambradas y las huellas de cal que marcaban los primeros sitios, surgió una idea más grande que cualquier techo: levantar una escuela. Los pobladores entendieron que el derecho a la casa solo estaba completo si sus hijos tenían derecho a aprender. Fue entonces cuando, con madera, adobe y fe, nació la Escuela Villa Santa Elena, fruto de marchas, cartas al Ministerio y noches de vigilia.
El profesor Paulino Béjar recuerda que los pobladores acamparon frente al Ministerio de Educación hasta ser escuchados. La primera escuela funcionó en una vieja casa patronal de adobe, y allí comenzó una historia que hoy se cuenta con orgullo.
María Rosa Mondaca, pobladora fundadora, sonríe al decir que sus nietos y bisnietos han pasado por las mismas aulas. “Primero eran carpas y ranchitas, ahora tenemos una escuela de verdad”, dice, con una mezcla de nostalgia y gratitud.
Para Ángela Godoy, vecina y apoderada de toda la vida, la escuela fue también un refugio. Crió sola a sus hijos, sacó seis del octavo básico y aún acompaña a sus nietos. “Lo importante es tirar para arriba —dice—, porque esta escuela enseña fuerza además de letras”.
Hoy, el director Alejandro Velázquez resume esa herencia en una frase: “La escuela que siempre soñamos”. No es solo un edificio, sino la memoria viva de quienes creyeron que la educación podía transformar la pobreza en oportunidad.
La Escuela Villa Santa Elena sigue en pie sobre el mismo suelo que un día fue chacra. En sus muros se guardan las huellas del esfuerzo, la voz de las mujeres que sostuvieron familias enteras y la esperanza de un pueblo que convirtió la lucha en patrimonio.










